Número 12:
Noviembre 2020

Número 12: Creación y Reflexión

 

BREVE SELECCIÓN DE TRES POEMARIOS

por: Reynado J. Hernández

Un Error del que todo el mundo en Washington se lamenta

por: Juan M. Mercado Nieves

El Congreso de los Estados Unidos, el 30 de junio de 2016, aprobó la ley conocida como The Puerto Rico Oversight, Management and Economic Stability Act (PROMESA; HR 5278). La denominada PROMESA es un laboratorio que crea una estructura de control fiscal sobre la isla que podría ser de aplicación a otros territorios. Para ello se concibe la denominada Junta de Supervisión Fiscal (que para efectos de este artículo denominaré arbitrariamente como “JSF”, “Junta de Control Fiscal”, “JCF” y “Junta”), organismo creado con amplios poderes de control fiscal sobre Puerto Rico. A tales fines, PROMESA creó procedimientos para que se ajusten las deudas acumuladas por el Gobierno de Puerto Rico y sus instrumentalidades.

Zombie y cultura contemporánea

por: Karen Entrialgo

Deseo compartir aquí el esbozo de una reflexión en torno a las maneras en que la fascinación actual por el zombie nos informa de nuestra condición de época. Se trata de un trabajo que he venido desarrollando en el marco de mi investigación con el Instituto Violencia y Complejidad.1 En esta investigación le sigo la pista a una serie de observaciones provenientes de los campos del derecho, la estética, el psicoanálisis y la sociología de la vida cotidiana que parecen apuntar a lo que he denominado un proceso de "desinflamiento del espacio simbólico". Esta expresión toma apoyo de la obra Esferas de Peter Sloterdijk, en la que nuestra situación ontológica no sólo se describe como un habitar en el lenguaje (Heidegger, Lacan), sino que, colocando el plano de la técnica en una relación simétrica respecto al lenguaje, esa habitación se presenta como una tecnológicamente diseñada y simbólicamente climatizada.

ENCÍCLICA PAPAL: La certeza de la incertidumbre

por: Emilio Aponte Martínez

Sin Pre ni Pre Pre llegué a KinderGarten leído y escribido, cosas de mi madre, mi tía, mi abuela. Todavía no caía en la cuenta de que en mi casa no vería los pescozones que los papás, de los otros niños de la urbanización, repartían a la menor provocación de las mamases. No; mi padre o era un eslembao o vivía en otra época futura muy distante de la que estuvo, sin Muñoz, sin leyes de Bastardía, sin ley 54. Por un tiempo no me daba cuenta, después de un tiempo pensé que a él lo habían enviado a Boston a estudiar la High, se quedó corriendo con una pelota de fútbol norte americano en la universidad del estado hasta terminar la maestría en educación de ciegos, sordos, mudos. Años pasaron para darme cuenta que en esa época sin Muñoz no era posible que un jíbaro de Naranjito se fuera a Boston a correr con un balón de fútbol norte americano. Pero fue posible, y una piña de gorilones blancos de ojos verdes le brincaron arriba. El casco protector roto, la testuz rota de forma y manera que siempre lo vi con una cicatriz más blanca que su calva blanca. Algún bobo me dijo una vez algo de la cicatriz en calva paterna, indiferente dije en la guerra. El bobo era específico Europa, Japón o Corea. No, en la guerra de Boston sin té ni fiesta.

Las paredes: ¿hablan o nada dicen? Una reflexión en torno a Santurce es Ley y Arecibo es Color

por: Juan M. Mercado Nieves

El mural como arte pictórico es tradicionalmente ejecutado sobre una pared o techo como parte de un aspecto estético decorativo. Con el paso del tiempo, la técnica ha evolucionado; no obstante, la pintura mural simplemente requiere adherirse de algún modo a una pared. La pintura mural no es un fenómeno nuevo en Puerto Rico.1 Según Néstor Murray Irizarry, la pintura muralista no comercial en Puerto Rico cobra auge a partir de 1934 y son sus primeros exponentes el catalán Ismael D’Alzina y el arecibeño José A. Maduro.2 Igualmente destaca el ponceño Rafael Ríos Rey.

M

por: Sebastián Guenard

Por un tiempo soñó con estudiar diplomacia. Más adelante le dedicó cierta atención, no mucha, a los misterios de la economía. Y habría logrado, quizá, especializarse en alguna de estas disciplinas si no hubiese quedado embarazada inesperadamente.

En un agosto triste

por: Sebastián Guenard

La última vez que conversaron, poco después de enterrar a Luciano Cruz Aguayo, Miguel Enríquez habló poco. Se dedicó, en cambio, a escuchar con mucha atención a Jean Marie Marguerite Hughes Jouet. Le interesó, especialmente, su teoría sobre la conveniencia de largarse antes de que el acceso a los buenos momentos sólo fuese posible a través de los recuerdos.

El Sofá

por: Guimazoa Miranda

Poca gente se percata, pero de la misma manera en que las maletas en ocasiones viajan más que los dueños, así mismo los muebles de una casa a veces han vivido más vidas que sus habitantes. Nuestra casa era pequeña y aunque algo oscura resultaba acogedora, pues la luz tenue que absorbía mantenía la temperatura más fresca y el tono de colores sutiles que prevalecía casi todo el día propiciaba el sueño. Olía a madera recién cortada y a corriente de río. Tuvimos suerte de conseguir, no muy distante de la ciudad, aquel oasis semiboscoso y simple en el que la vida se detenía para nosotros y que llamábamos la cueva, no sólo por sus características, sino también porque allí nos "encuevábamos" puntuales dos días de cada semana de nuestras vidas.

La loca del "squeegee"

por: Rita I. Maldonado Arrigoitia

¡Lo perdió todo! Era la frase que se repetía por el devastado país, acostumbrado al aviso protocolar de huracanes que acababan desvaneciéndose en las aguas o alejándose a destinos menos afortunados. Esta vez fue distinto. La isla bendita fue azotada por un ser andrógino cuyo cuerpo espiral se desplazaba lento, pero con una fuerza descomunal. María, como fue bautizada, no veía por el único ojo que tenía y su gemido ronco y profundo precedía el ataque inmisericorde. Ante el violento soplo de su respiración los árboles se desvestían y aquellos que se le resistían los arrancaba de cuajo, lanzándolos contra calles, jardines, plazas, edificios y residencias. Tras de sí, nubarrones oscuros escupían con furia sobre el suelo saturado provocando derrumbes y deslizamientos, de modo que cuando María, por fin, abandonó tierra, todos los habitantes conocían a más de uno que “había perdido todo”.